Hoy te presento a La Gorda. Así llego a nosotros.

La Gorda después de su esterilización.

Cuando conocí a La Gorda, ella tenía otro nombre.

Y también otra familia.

La primera vez que la vi estaba en una jaula de la clínica, temblando de miedo. Medio calva, y con pus chorreando de sus ojos y oídos.

 

Recién llegada a casa. Aún se lenotan algunas calvas
Recién llegada a casa. Aún se le notan algunas calvas.

Allí la habían dejado.

No sé sus motivos. Tampoco me importan.

Nunca conocí a los que fueron sus dueños. Solo que la habían dejado en la clínica para un “adios definitivo”. Y allí estaba, con su carita de susto.

Pese a sus problemas de piel y su exceso de kilos, estaba claro que no era el momento de ningún “adios definitivo”.

Decidí llamarla La Gorda. Te puedes imaginar porqué le puse ese nombre, la pobre se desborda por los lados.

 

Enfermedad no es una excusa.

Le hice unos análisis de sangre para comprobar su estado de salud y descubrir la causa de sus problemas. Tenía hipotiroidismo (su glándula tiroides no producía suficiente hormona tiroidea), lo que explicaba sus kilos y sus problemas de piel.

Con sus pastillas de hormonas para sustituir las que no producía, y una temporada con antibióticos y baños con champús especiales, La Gorda llegó a ser lo que ves ahora. Una perrita consentida que le llama la atención a todo el mundo por su parecido con una oveja.

 

¿Es un perro o una oveja?
¿Es un perro o una oveja?

 

Nadie la quiso.

Intentamos durante meses buscarle una familia. Hablamos con particulares, con protectoras, rescatadores….pero a pesar de lo graciosa que era, nadie la quiso. Llegué incluso a ofrecer dinero a una protectora en plan desesperación para que la recogiesen. Ni por esas. Nadie se dignó ni a ayudarla a ella, ni a ayudarme a mi.

Entre Duna, Poden y Feo, y con mis horarios de trabajo poco compatibles con la vida, teníamos suficiente.

El Sr. X había dejado claro que el cupo estaba completo. Sin olvidar que vivíamos de alquiler y a Feo aún no lo habíamos declarado ante la dueña del piso por miedo a que nos “invitase” a buscar uno nuevo.

Fue una situación difícil, donde aquellos que conocíamos nos recomendaban que lo mejor sí que era un “adios definitivo”. Que con tres perros, uno de ellos muy enfermo (mi pequeño Fiulin), teníamos más que suficiente.

Después de noches de horribles pesadillas y días de cabreo y gritos con todo el que osaba hablar de los “adioses definitivos”, decidí que se venía conmigo. Que se merecía vivir, aunque eso significase estar nosotros más ajustados y con riesgo total de perder nuestro piso por exceso de animales. (Mi piso alquilado era de 65 metros, te puedes imaginar).

Así que no nos quedó otra que adoptarla oficialmente, y es una Ruri de pleno derecho desde hace ya más de cuatro años.

 

Una más en la familia.

Siempre ha sido muy educada, y la única que nos hace caso si la llamamos. Es obediente, cariñosa, pero posesiva y gruñona con la comida (parece que sus kilos no vienen solo de su enfermedad) y chillona cuando algo la molesta, que suele ser varias veces al día.

 

Defendiendo su comida
Defendiendo su comida

 

Le gustan los achuchones, comer, pasear cuando no hace mucho calor, comer, dormir calentita, comer, y ¿he dicho comer?. Tolera al resto de la tropa, pero en cuanto se le acercan demasiado ya esta demostrando que en su terreno no se mete nadie.
No tengo ninguna duda de que su anterior familia no existe ya en su memoria. Y tampoco la culpo. Yo tampoco recordaría a quien decidiese que mi vida vale menos que nada y se fuese sin mirár atrás. Sé que les dijo adiós con mucho gusto.

Y nosotros, encantados de tenerla.

 

 

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