Leo y su milagro

Hoy, mientras miraba a mis gatetes y me emocionaba yo sola pensando lo mucho que les quiero, me acordé de un gato que atendí hace unos años en una de las clínicas donde trabajé.

Me acordé de él porque aunque he visto miles de veces el amor que hay entre un gato y su familia, en este caso había mucho más.

Se llamaba Leo y tenía 4 añitos. Era común europeo, grandote y atigrado. Muy bien cuidado y educado. Su familia lo hacía todo por él.

Vivía en un piso, pero se empeñaba en salir a pasear todas las noches y su familia era incapaz de negárselo. Los vecinos ya le conocían y le dejaban pasear a sus anchas, aunque sus dueños me comentaron que alguna vez se quedó encerrado en algún garaje del barrio y se pasaron días buscándolo, llamándolo por las calles hasta que lo oyeron maullar desesperado dentro de un garaje vacío. Las pasaron canutas para sacarlo, pero en cuanto lo tuvieron con ellos de nuevo, se les olvidó el disgusto que les hizo pasar y lo dejaron salir de nuevo. Estaban seguros de que Leo era mucho más feliz así.

Conocí a Leo poco después de unas navidades. Llegó a la consulta muy pálido y débil. Llevaba tiempo en tratamiento para una enfermedad que le provocaba una anemia muy grave. Mejoraba pero al poco recaía de nuevo. Sus dueños estaban desesperados, pero no se rendían. Venía con ellos una niña pequeña, su hija, que miraba a Leo como quien mira a su hermano mayor.

Su familia nos pidió que lo salvásemos, que hiciésemos lo que fuera necesario, que Leo era una parte fundamental de su familia y no podían perderlo.

Me impresionaba sobre todo la relación con su dueña, cómo se miraban. Siempre me dió la sensación de que se comunicaban en silencio. Era increíble la conexión que existía entre ellos.

Te ahorraré las pruebas médicas. Fue un caso muy complicado donde Leo estuvo varias veces en la cuerda floja y pensamos que lo perdíamos. Nos costó muchísimo sacarlo adelante, pero después de muchas pruebas, análisis, cirugía, meses de tratamiento, Leo se curó.

Nunca olvidaré la cara de sus dueños, el alivio, cómo se relajó su mirada después de tanto esfuerzo y sufrimiento.

Y ahí fué donde su dueña me contó la historia de Leo, su pequeño milagro.

Su marido y ella llevaban mucho tiempo intentando tener un hijo. Habían intentado distintos métodos, pero todos habían fracasado. Al final se rindieron, y para intentar llenar un poco ese vacío adoptaron a Leo. Lo quisieron desde el primer momento. A los pocos meses de la llegada de Leo a casa, ella se quedó embarazada. No saben lo que pasó, sus médicos les dijeron que tal vez al disminuir el estrés al que estaban sometidos había ayudado. No supieron darles una respuesta contundente.

Pero a ellos les dió igual. Para ellos había sido la llegada de Leo a casa, su presencia, la que había obrado el milagro. Gracias a Leo, ellos tenían a su hija.

Y aunque no se necesite ningún milagro para quererlos, entendí perfectamente porque para ellos era tan especial.

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